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Alejandra Pizarnik
revisitada
luis benítez

Uno
de mis amigos de mayor edad tuvo con ella una relación sentimental: la
describe como adorable, extraordinaria e insoportable. Había que
turnarse para lograr que se durmiera en el departamento de la calle
Charcas, en Buenos Aires, siempre aterrorizada por la posibilidad de que
su madre viniera a invadir su espacio. Había que estar atento al
teléfono aguardando la repetida noticia: ”Alejandra se suicidó de
vuelta”, hasta que un día de 1972 la casi rutinaria advertencia se
volvió realidad. La conocí en el bar de la Sociedad Aargentina de
Escritores, ese mismo año. Fue la única vez que la vi: medía un metro y
medio y no dejaba de hacer citas literarias hasta el hartazgo. Cuando
murió, empezó a ser canonizada lentamente y hoy es una leyenda explotada
hasta el límite: todos la trataron, todos fueron sus amigos íntimos,
todos tienen la clave de su poesía. Era una poeta auténtica y le tocó la
suerte que se puede esperar cuando el talento es ”reconocido”: la
incorporación al panteón, previa desfiguración ritual.
La
hija del “cuentenik” de Avellaneda
Fernando es hoy un hombre que pasó de la madurez. Hace más de
veinticinco años podía tomar vodka toda la noche, en su departamento del
barrio de Congreso, en el centro de Buenos Aires. Tiene todavía un don,
Fernando: puede uno instalarse frente a él, sintonizarlo, y escuchar por
vía directa la verdad respecto de cómo era la vida literaria cuando
tenía 30 años y frecuentaba a Alejandra Pizarnik.
Explicaba Fernando hace más de dos décadas, a las dos de la mañana, que
su relación con Alejandra era bastante difícil. Para empezar, la
Pizarnik era alguien imprevisible y muy escurridizo.
Alejandra era la hija menor de un cuentenik de Avellaneda, una
ciudad pegada a la de Buenos Aires hasta el punto de parecer su misma
continuación.
Esta
palabra cuentenik, en yiddish, designaba a uno que vendía mercancía de
puerta en puerta, en varias cuotas. Hoy ese oficio ha desaparecido,
gracias a que nadie le abre la puerta a nadie en Avellaneda ni en
ninguna otra parte, pero en los ´30 y en Avellaneda, eso era algo
habitual. El señor Pizarnik había emigrado de la URSS buscando barrios
mejores y en el exilio, lo mejor era encontrar un sitio donde la
colectividad judía no fuera demasiado ultrajada.
Esa
Avellaneda, donde la colectividad era lo suficientemente abundante y
poderosa como para no ser molestada por las fuerzas en movimiento en el
resto del mundo, era el sitio adecuado. El señor Pizarnik se estableció
allí e incluso prosperó: vendiendo puerta a puerta ropa barata y
manteles de ocasión, alcanzó a establecerse y hasta a comprar un
departamento en la calle Lambaré, a una cuadra de la avenida Mitre,
donde nació su primera hija, Miriam, que sigue casi tan pelirroja como
entonces y tiene 75 años y vive en Buenos Aires. Curiosamente, apunto,
la casa de Alejandra Pizarnik distaba pocas cuadras de la de la infancia
de otro bienaventurado de la poesía argentina, Néstor Perlongher, hijo
de un taxista de Avellaneda.
La
esposa del señor Pizarnik, mientras él era tan querido y afable,
demostraba un carácter hostil en general: para la época en que nació su
segunda hija, Flora Alejandra, todo el barrio le temía -más o menos-
hasta que la relación de esposo bien recibido/señora terrible explotó.
La mujer comenzó a exacerbar su batalla contra el entorno y
especialmente contra sus vecinos inmediatos, los del mismo edificio, a
quienes acusó de robarles el agua a ella y a su familia, mientras unas
irregularidades en el suministro del líquido municipal atormentaban a
toda Avellaneda.
El
reparo por lo que fueran a decir sus vecinos llevó al señor Pizarnik a
poner tierra de por medio entre tanta discordia: se mudaron al cercano
barrio de Barracas, a un departamento en la avenida Montes de Oca. Para
ese entonces el antiguo cuentenik había prosperado bastante más, pues
alquilaba algunos locales propios de la calle Vélez Sarsfield, en
Avellaneda. Cuando sus inquilinos se llegaban a la casa de Montes de Oca
a pagarle la renta, eran recibidos por el propietario con el dedo índice
sobre los labios y una advertencia: “Shhh, hable por favor en voz baja,
que Alejandrita está al lado con los profesores”. Aquel inmigrante
modestamente enriquecido, así prevenía sobre molestar a su desgarbada,
huraña y hasta extraña hija menor, que recibía en la habitación contigua
a gente mayor que ella: poetas, narradores, ensayistas -Alejandra aún no
había terminado la secundaria- que la iban formando en aquella no menos
extraña afición que no terminaba de comprender: la de escribir versos.
A esas
reuniones sigilosas acudía también su terapeuta desde hacía años, León
Ostrov, dejándose ganar por el magnetismo de aquella adolescente que,
desde entonces, quería ser poeta.
Sin
embargo, en aquel entonces susurrado entre inquilinos y propietario,
éste -porque nuestros padres, a su manera y leal entender, lo que
quieren para nosotros es lo mejor aunque a su propia escala siempre- lo
único que deseaba al despedir a sus inquilinos y confidentes era “que
Alejandrita, Dios lo quiera, se case cuanto antes”.
Alejandrita se convierte en Pizarnik
Para
la memoria de los vecinos de Avellaneda la imagen un poco desdibujada de
Alejandra Pizarnik no es demasiado agradable: una chica decididamente
fea, pero además antipática, tímida hasta el exceso, “rara”. Rara porque
no se daba casi con nadie y cuando se fue a Europa nadie volvió a saber
de ella. Más o menos por ahí, por esa época, Alejandrita comenzó a ser
Alejandra Pizarnik.
De
hecho, precisaba alejarse definitivamente de todo aquello que constituía
su historia y su barrio. Para Alejandra, este paso estuvo dado por su
ingreso, en 1954, a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
de Buenos Aires, donde acudía tomándose el colectivo para atravesar el
Rubicón entre el pasado y lo que hoy podemos llamar su posteridad.
Primeros libros y amistades literarias
Un año
después de ingresar a la facultad la abandona y publica su primer libro:
La Tierra Más Ajena, en Ediciones Botella al Mar, aquella que dirigía el
poeta español Arturo Cuadrado. Se trata de un libro pequeño en páginas e
intenso en versos, ilustrado con grabados de Seoane. En su tapa rústica
y rojiza, se leen los nombres de Pizarnik completos: Flora Alejandra, y
sería la última vez que firmaría así sus libros.
Aunque
sea de ella, es un primer libro, donde aquellos elementos que la
llevarían a ser una de las voces más importantes de la poesía argentina
del siglo pasado aún están en ciernes. Leerlo es como verla detrás de un
espejo empañado. Inclusive, la autora luego le negará a La Tierra Más
Ajena el más mínimo reconocimiento, aunque sí, ella ya está en sus
páginas.
Abandonada la carrera de Letras, Alejandra se entregará al estudio de la
pintura, acudiendo con sus óleos y sanguinas al taller del maestro Juan
Battle Planas: no se destacó precisamente como artista plástica, es
cierto, pero también es cierto que conservó toda su vida -como André
Breton- el gusto por el dibujo y la pintura. Internada años después en
el Moyano, se hizo amiga de una artista plástica cabal: Aída Carballo, y
conservó aquella amistad labrada en circunstancias trágicas hasta el
mismo día de su muerte.
Por
otra parte, el conocimiento de la pintura le reportó a Pizarnik un
beneficio para su obra literaria: contribuyó a perfeccionar su modo de
distribuir el texto -entendido como imagen- sobre la página, al estilo
de los célebres Caligramas de Guillaume Apollinaire; un recurso del que
abusarían luego los poetas concretistas.
En
1956 publicaría La Ultima Inocencia, un nuevo volumen de versos -más
depurados, más suyos- dedicado a su terapeuta, León Ostrov.
Las
Aventuras Perdidas se editó en 1958, coincidiendo con el inicio de su
amistad con Olga Orozco, también prolongada hasta su desaparición. Por
entonces ya frecuentaba asiduamente a otros poetas, como Rubén Vela y
Raúl Gustavo Aguirre, este último director de la revista Poesía Buenos
Aires, donde habían aparecido publicados algunos poemas de Alejandra.
También se relacionó por aquellos años con Susana Thénon, H.A. Murena
(seudónimo de Héctor Alvarez), Eduardo Romano, Elizabeth Azcona
Cranwell, Horacio Salas, José “Pepe” Bianco -secretario de redacción de
la revista Sur- y Alberto Girri. Para ese entonces el tema de la
desesperación y el de la muerte ya se iban marcando decididamente en su
poesía, aunque sin jugar con estas ideas desde el humor negro, como lo
haría después, sino reducida su óptica todavía a una visión trágica de
los mismos.
Por
esa época se produjo la muerte del poeta colombiano Jorge Gaitán Durán,
por quien la autora sentía una pasión muy honda, y el hecho no dejó de
acentuar su depresión y pesimismo, que luego se volverían extremos.
París, 1960-1964
Los
cuatro años que Pizarnik residió en Francia parecen haber sido los de un
florecimiento personal: de hecho, algunos de sus mejores poemas los
escribió en París, mientras se las arreglaba para sobrevivir con
estrecheces, gracias a un mínimo aporte de su familia y a colaboraciones
en Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, Les Lettres
Nouvelles, la Nouvelle Revue Française y otras publicaciones donde su
presencia era más esporádica. Es en la capital francesa donde establece
sólidos vínculos amistosos con el mexicano Octavio Paz y el argentino
Julio Cortázar, así como con la esposa de este último, Aurora. También
frecuenta el trato de los poetas Yves Bonnefoy y Henri Michaux.
Recordemos que la primera y hoy inconseguible edición de Arbol de Diana,
editado durante la etapa francesa de Pizarnik (1962) lleva un prólogo
del propio Paz.
La
fatal Buenos Aires
Vuelta
a Buenos Aires a finales de 1964, ya su ánimo se ensombrece y de ello da
cuenta su siguiente volumen poético, Los Trabajos y los Días (1965),
donde el clima desesperado se plasma en versos de un gran rigor y
factura, de los mejores que escribió Pizarnik. La concisión que es una
marca de su obra alcanza en Los Trabajos y los Días una de sus cumbres y
no es extraño que ya tres generaciones literarias hayan “abrevado” de
este libro con resultados tan dispares como los que marca el talento
necesario para elegir una influencia y vérselas con el logro de la
propia obra después.
Por
aquel entonces, los poemas de Pizarnik ya iban alcanzando una notable
difusión, no sólo a través de sus contactos en Europa, sino también por
la publicación de poemas suyos en revistas de varios países
latinoamericanos.
Con
Los Trabajos y las Noches -un juego, su título, con el del clásico Los
Trabajos y los Días, de Hesíodo- Pizarnik alcanza el Primer Premio
Municipal de Literatura en la categoría Poesía Edita, así como el Primer
Premio del Fondo Nacional de las Artes. El Premio Municipal de Poesía
significó para ella algún ingreso constante, al estar dotado de una
pensión vitalicia, pero de todos modos sus problemas económicos, aunque
amenguados, continuaron hasta el final.
Por
esos tiempos, cuando ya vivía en el departamento de la calle Charcas
donde iba a poner fin a sus días y que era propiedad de su madre,
Alejandra colgaba de las paredes disfraces que de tanto en tanto lucía
-frente a amigos y dicen que también a solas-. En esta nueva etapa la
poeta fue agudizando el desorden de su personalidad, en una caída
atenuada de tanto en tanto por súbitos fogonazos de aquello que llamamos
-a falta de una descripción mejor- “estar en la realidad”. De todos
modos, se produjeron tres internaciones siquiátricas en siete años,
jalonadas por la publicación de Extracción de la Piedra de la Locura
(1968), El Infierno Musical (1971) y en este mismo año, La Condesa
Sangrienta, un texto prosístico que evoca como pre-texto a Madame
Bathory, la versión femenina de Drácula, personaje presuntamente
histórico que le sirve a Alejandra para realizar una fantástica
proyección sobre páginas cargadas de vampirismo, alienación,
sadomasoquismo.
De
esta época, mi amigo Fernando recuerda que el grupo de sus conocidos se
turnaba para hacer dormir a Alejandra, para lo cual había que contarle
cuentos o leerle poemas, para retirarse después como del cuarto de un
niño. Siempre según la fuente, lo que más temía Alejandra era la
irrupción de su madre, aquella señora que en la infancia de la poeta
había logrado que toda la familia se mudara por mantener ella reyertas
con todo el vecindario.
También recuerda Fernando que los intentos de suicidio de Alejandra no
fueron pocos: algunos ya no le creían cuando los anunciaba. Como en
Pedro y el lobo, aquella narración infantil, finalmente el lobo apareció
el 25 de septiembre de 1972, con una garra llena de seconal. Una semana
después, en Buenos Aires, todavía varias personas descreían de que
Alejandra Pizarnik, en una salida de su última internación, se había
suicidado para siempre en primavera.
OBRAS DE
ALEJANDRA PIZARNIK
La tierra más ajena (1955)
La última inocencia (1956)
Las aventuras perdidas (1958)
Arbol de Diana (1962)
Los trabajos y las noches (1965)
Extracción de la piedra de la locura (1968)
El infierno musical (1971)
La condesa sangrienta (1971)
DE “LA TIERRA MÁS
AJENA" (1955)
LEJANIA
Mi ser henchido de barcos blancos.
Mi ser reventando sentires.
Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos.
Quiero destruir la picazón de tus pestañas.
Quiero rehuir la inquietud de tus labios.
Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas horas?
NOCHE
correr no sé donde
aquí o allá
singulares recodos desnudos
basta correr!
trenzas sujetan mi anochecer
de caspa y agua colonia
rosa quemada fósforo de cera
creación sincera en surco capilar
la noche desanuda su bagaje
de blancos y negros
tirar detener su devenir
DE "LA ULTIMA INOCENCIA" (1956)
SALVACION
Se fuga la isla.
Y la muchacha vuelve a escalar el viento
y a descubrir la muerte del pájaro profeta.
Ahora
es el fuego sometido.
Ahora
es la carne
la hoja
la piedra
perdidos en la fuente del tormento
como el navegante en el horror de la civilización
que purifica la caída de la noche.
Ahora
la muchacha halla la máscara del infinito
y rompe el muro de la poesía.
ALGO
noche que te vas
dame la mano
obra de ángel bullente
los días se suicidan
¿por qué?
noche que te vas
buenas noches
LA DE LOS OJOS ABIERTOS
la vida juega en la plaza
con el ser que nunca fui
y aquí estoy
baila pensamiento
en la cuerda de mi sonrisa
y todos dicen esto pasó y es
va pasando
va pasando
mi corazón
abre la ventana
vida
aquí estoy
mi vida
mi sola y aterida sangre
percute en el mundo.
pero quiero saberme viva
pero no quiero hablar
de la muerte
ni de sus extrañas manos.
ORIGEN
Hay que salvar al viento
Los pájaros queman el viento
en los cabellos de la mujer solitaria
que regresa de la naturaleza
y teje tormentos
Hay que salvar al viento
DE "LAS AVENTURAS PERDIDAS" (1958)
CENIZAS
Hemos dicho palabras
palabras para despertar a los muertos,
palabras para hacer un fuego,
palabras donde poder sentarnos
y sonreír.
hemos creado el sermón
del pájaro y del mar,
el sermón del agua,
el sermón del amor.
Nos hemos arrodillado
y adorado frases extensas
como el suspiro de la estrella,
frases como olas, frases como alas.
Hemos inventado nuevos nombres
para el vino y para la risa,
para las miradas y sus terribles caminos.
ORIGEN
La luz es demasiado grande
para mi infancia.
Pero ¿quién me dará la respuesta jamás usada?
Alguna palabra que me ampare del viento,
alguna verdad pequeña en que sentarme
y desde la cual vivirme,
alguna frase solamente mía
que yo abrace cada noche,
en la que me reconozca, en la que me exista.
pero no. Mi infancia
sólo comprende al viento feroz
que me aventó al frío
cuando campanas muertas
me anunciaron.
Sólo una melodía vieja,
algo con niños de oro, con alas de piel verde,
caliente, sabio como el mar,
que tirita desde mi sangre,
que renueva mi cansancio de otras edades.
DE “ARBOL DE DIANA" (1962)
1
He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.
2
Estas son las versiones que nos propone:
un agujero, una pared que tiembla...
3
sólo la sed
el silencio
ningún encuentro
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra
4
Ahora bien:
Quién dejará de hundir su mano en busca del
tributo para la pequeña olvidada. El frío pagará.
Pagará el viento. La lluvia pagará. Pagará el
trueno.
a Aurora y Julio Cortázar
5
por un minuto de vida breve
única de ojos abiertos
por un minuto de ver
en el cerebro flores pequeñas
danzando como palabras en la boca de un mudo
6
ella se desnuda en el paraíso
de su memoria
ella desconoce el feroz destino
de sus visiones
ella tiene miedo de no saber nombrar
lo que no existe
7
Salta con la camisa en llamas
de estrella a estrella,
de sombra en sombra.
Muere de muerte lejana
la que ama al viento.
8
Memoria iluminada, galería donde vaga
la sombra de lo que espero. No es verdad
que vendrá. No es verdad que no vendrá.
9
Estos huesos brillando en la noche,
estas palabras como piedras preciosas
en la garganta viva de un pájaro petrificado,
este verde muy amado,
este lila caliente,
este corazón sólo misterioso.
10
un viento débil
lleno de rostros doblados
que recorto en forma de objetos que amar
11
ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada
DE “LOS TRABAJOS Y LAS NOCHES” (1965)
POEMA
Tú eliges el lugar de la herida
en donde hablamos nuestro silencio.
Tú haces de mi vida
esta ceremonia demasiado pura.
REVELACIONES
En la noche a tu lado
las palabras son claves, son llaves.
El deseo de morir es rey.
Que tu cuerpo sea siempre
un amado espacio de revelaciones.
EN TU ANIVERSARIO
Recibe este rostro mío, mudo, mendigo.
recibe este amor que te pido.
Recibe lo que hay en mí que eres tú.
DE “EXTRACCION DE LA PIEDRA DE LA LOCURA” (1968)
CANTORA NOCTURNA
Joe, macht die Musik von damals nacht...
La que murió de su vestido azul está cantando. Canta imbuida de muerte
al sol de su ebriedad. Adentro de su canción hay un vestido azul, hay
un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado con los ecos de los
latidos de su corazón muerto. Expuesta a todas las perdiciones, ella
canta junto a una niña extraviada que es ella: su amuleto de la buena
suerte. Y a pesar de la niebla verde en los labios y del frío gris en
los ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre la sed y la
mano que busca el vaso. Ella canta.
a Olga Orozco
VÉRTIGOS O CONTEMPLACION DE ALGO QUE TERMINA
Esta lila se deshoja.
Desde sí misma cae
y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así
PRIVILEGIO
I
Ya perdido el nombre que me llamaba,
su rostro rueda por mí
como el sonido del agua en la noche,
del agua cayendo en el agua.
Y es su sonrisa la última sobreviviente,
no mi memoria
II
El más hermoso
en la noche de los que se van,
oh deseado,
es sin fin tu no volver,
sombra tú hasta el día de los días
NUIT DU COEUR
Otoño en el azul de un muro: sé amparo de las pequeñas muertas.
Cada noche, en la duración de un grito, viene una sombra nueva. A
solas danza la misteriosa autónoma. Comparto su miedo de animal muy
joven en la primera noche de las cacerías.
FRAGMENTOS PARA DOMINAR AL SILENCIO
I
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que
cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra
arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera
muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos
se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de
loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.
II
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no
guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque
regresarán para sollozar entre flores.
No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellas las
hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi
silencio gris.
III
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no
diré mi poema y yo he de decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no
tiene sentido, no tiene destino.
DE "EL INFIERNO MUSICAL" (1971)
PIEDRA FUNDAMENTAL
No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.
Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo
y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta
deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.
Un canto que atravieso como un túnel.
Presencias inquietantes,
gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje
que las alude,
signos que insinúan terrores insolubles.
Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan
y barrenan,
y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera
que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los
cimientos, los fundamentos,
aquello me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno
baldío,
no,
he de hacer algo,
no,
no he de hacer
nada,
algo en mi no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro
de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo,
indeciblemente distinta de ella.
En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche
inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.
No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema,
en la tentativa inútil de trancribir relaciones ardientes.
¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo
fragmentado.
las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la
desilusión al encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el
padre, que tuvo que ser Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué
te dejaste asesinar escuchando cuentos de álamos nevados?
Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no
quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería entrar en el
teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero
la música se movía, se apresuraba. Solo cuando un refrán reincidía,
alentaba en mi la esperanza de que se abasteciera algo parecido a una
estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro;
un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en
unión y fusión con el lugar. pero el refrán era demasiado breve, de
modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con
un tren salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba.
Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba
más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión
y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte?
Tal vez en este poema que voy escribiendo).
Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que
los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre
corceles negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles
que suministre algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón
de los cascos contra las arenas.
(Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas).
(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el
canto...)
Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para
aleccionar a la que extravió en mí su musicalidad y trepida con más
disonancia que un caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un
país extranjero).
Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto
y que la muerte era decir un nombre sin cesar.
No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es
grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este
poema es posible que sea una trampa, un escenario más.
Cuando el barco alternó su ritmo y vaciló en el agua violenta, me
erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al
caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde
en mi cara, he de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede
salvarme pues soy invisible aún para mí que me llamo con tu voz. ¿En
dónde estoy? Estoy en un jardín.
Hay un jardín.
EL INFIERNO MUSICAL
Golpean con soles
Nada se acopla con nada aquí
Y de tanto animal muerto en el cementerio de huesos filosos de mi
memoria
Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar entre mis
piernas
La cantidad de fragmentos me desgarra
Impuro diálogo
Un proyectarse desesperado de la materia verbal
Liberada a sí misma
Naufragando en sí misma
EL DESEO DE LA PALABRA
La noche, de nuevo la noche, la magistral sapiencia de lo oscuro, el
cálido roce de la muerte, un instante de éxtasis para mí, heredera de
todo jardín prohibido.
Pasos y voces del lado sombrío del jardín. Risas en el interior de las
paredes. No vayas a creer que están vivos. No vayas a creer que no
están vivos. En cualquier momento la fisura en la pared y el súbito
desbandarse de las niñas que fui.
Caen niñas de papel de variados colores. ¿Hablan los colores? ¿Hablan
las imágenes de papel? Solamente hablan las doradas y de ésas no hay
ninguna por aquí.
Voy entre muros que se acercan, que se juntan. Toda la noche hasta la
aurora salmodiaba: Si no vino es porque no vino. Pregunto. ¿A quién?
Dice que pregunta, quiere saber a quién pregunta. Tú ya no hablas con
nadie. Extranjera a muerte está muriéndose. Otro es el lenguaje de los
agonizantes.
He malgastado el don de transfigurar a los prohibidos (los siento
respirar adentro de las paredes). Imposible narrar mi día, mi vía.
Pero contempla absolutamente sola la desnudez de estos muros. Ninguna
flor crece ni crecerá del milagro. A pan y agua toda la vida.
En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída.
¿Y qué? Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo
del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis
semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de
cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.
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