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walt
whitman
luis benítez
( tradução )

I think I could turn and live with
animals...
I think I could turn and live with animals, they are so placid and
[
self-contain’d;
I stand and look at them long and long.
They do not sweat and whine about their condition;
They do not lie awake in the dark and weep for their sins;
They do not make me sick discussing their duty to God;
Not one is dissatisfied—not one is demented with the mania of owning
things;
Not one kneels to another, nor to his kind that lived thousands of years
ago;
Not one is respectable or industrious over the whole earth.
So they show their relations to me, and I accept them;
They bring me tokens of myself—they evince them plainly in their
possession.
I wonder where they get those tokens:
Did I pass that way huge times ago, and negligently drop them?
Myself moving forward then and now and forever,
Gathering and showing more always and with velocity,
Infinite and omnigenous, and the like of these among them;
Not too exclusive toward the reachers of my remembrancers;
Picking out here one that I love, and now go with him on brotherly terms.
A gigantic beauty of a stallion, fresh and responsive to my caresses,
Head high in the forehead, wide between the ears,
Limbs glossy and supple, tail dusting the ground,
Eyes full of sparkling wickedness—ears finely cut, flexibly moving.
His nostrils dilate, as my heels embrace him;
His well-built limbs tremble with pleasure, as we race around and return.
I but use you a moment, then I resign you, stallion;
Why do I need your paces, when I myself out-gallop them?
Even, as I stand or sit, passing faster than you.
Podría volver a convivir con los animales
Podría volver a convivir con los animales,
Tan sufridos son, y tan plácidos.
Puedo observarlos durante muchos días, sin cansancio.
No hacen preguntas,
no se quejan de su condición;
no despiertan por la noche,
no lloran sus pecados.
No me perturban con discusiones respecto de sus deberes para con Dios...
Ninguno está descontento,
ni enloquece de ganas de poseerlo todo.
Ninguno dobla las rodillas delante de los otros,
ni ante los que han muerto hace ya miles de centurias.
En ninguna parte encuentro uno que sea infeliz o digno de veneración.
Me muestran su condición de parientes míos
Y yo la acepto.
Me proporcionan testimonios de mí mismo,
Aquellas que poseen y me muestran.
¿En dónde las encontraron?
¿Pasé al lado de ellas hace tiempo y no reparé en su presencia?
Hoy, ayer y siempre marcho hacia delante,
más rico y más rápido siempre,
ilimitado, repleto de todos y de la misma manera que todos,
sin preocupación alguna ante los portadores de recuerdos,
eligiendo al que más amo y marchando con él
en un abrazo de hermanos.
Este es un caballo ¡Mirénlo!
Espléndido,
tierno,
sensible a mis caricias,
su frente es altiva y amplia,
sus ancas son de satén,
su prolija cola prolija barre el polvo,
sus ojos son vivaces y brillantes,
sus orejas finas,
sus movimientos llenos de flexibilidad...
Mientras lo aprietan mis talones, su nariz se ensancha,
La perfección de sus músculos tiembla alegremente corriendo por la
pista...
Yo apenas puedo estar contigo un momento.
Te dejo, corcel extraordinario.
Si yo corro más de prisa,
¿para qué necesito tu ligero paso?
Esté erguido o sentado, soy más veloz que tú.
Walt Whitman am I, a Kosmos...
Walt Whitman am I, a Kosmos, of mighty Manhattan the son,
Turbulent, fleshy and sensual, eating, drinking and breeding;
No sentimentalist—no stander above men and women, or apart from them;
No more modest than immodest.
Unscrew the locks from the doors!
Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me;
And whatever is done or said returns at last to me.
Through me the afflatus surging and surging—through me the current and
index.
I speak the pass-word primeval—I give the sign of democracy;
By God! I will accept nothing which all cannot have their counterpart of
on the same terms.
Through me many long dumb voices;
Voices of the interminable generations of slaves;
Voices of prostitutes, and of deform’d persons;
Voices of the diseas’d and despairing, and of thieves and dwarfs;
Voices of cycles of preparation and accretion,
And of the threads that connect the stars—and of wombs, and of the
father-stuff,
And of the rights of them the others are down upon;
Of the trivial, flat, foolish, despised,
Fog in the air, beetles rolling balls of dung.
Through me forbidden voices;
Voice of sexes and lusts—voices veil’d, and I remove the veil;
Voices indecent, by me clarified and transfigur’d.
I do not press my fingers across my mouth;
I keep as delicate around the bowels as around the head and heart;
Copulation is no more rank to me than death is.
I believe in the flesh and the appetites;
Seeing, hearing, feeling, are miracles, and each part and tag of me is a
miracle.
Divine am I inside and out, and I make holy whatever I touch or am touch’d
from;
The scent of these arm-pits, aroma finer than prayer;
This head more than churches, bibles, and all the creeds.
Walt Whitman, un universo
Walt Whitman, un universo, el hijo de
Manhattan,
turbulento, carnal, sensual, comiendo,
bebiendo y engendrando,
no un sentimental, uno que observa desde
arriba a los hombres y las mujeres; tampoco
me aparto de ellos,
no soy más púdico que impúdico
¡Quitan las cerraduras de las puertas!
¡Quiten las puertas mismas!
Quien humilla a otro me humilla a mí,
y todo lo que hace o dice vuelve en definitiva a mí.
La inspiración surge y surge de mí,
soy atravesado por la corriente y el índice.
Pronuncio la contraseña primordial,
doy la señal de la democracia,
nada aceptaré, ¡lo juro!, si los demás
no pueden tener lo mismo
en iguales condiciones.
Voces desde hace mucho tiempo
mudas me atraviesan,
voces de generaciones sin fin
de prisioneros y de esclavos,
voces de enfermos y desahuciados,
de ladrones y de enanos,
voces de períodos de gestación
y de desarrollo,
y de los hilos que comunican a las estrellas,
y de los úteros y del jugo paterno,
y de los derechos de los sometidos,
de los deformes, los comunes, los sencillos,
los bobos, los despreciados,
neblina en el aire, bichos que
empujan pelotas de estiércol.
Voces prohibidas me atraviesan,
voces de sexo y de lujuria,
veladas voces cuyo velo corro,
voces sin recato que yo purifico
y transformo.
No tapo mi boca con mi mano,
trato con igual delicadeza
a los intestinos que al cráneo
y el corazón,
el acto sexual no es para mí más grosero
que la misma muerte.
Creo en la carne y en los apetitos,
y cada porción, cada brizna de mí
es un milagro.
Soy divino por dentro y por fuera, y
Vuelvo santo cuanto toco o me toca,
Para mí el aroma de las axilas
es más hermoso que una oración,
esta cabeza es más bella que los templos,
que las biblias y que todos los credos.
A noiseless patient spider
A noiseless patient spider,
I mark'd where on a little promontory it stood isolated,
Mark'd how to explore the vacant vast surrounding,
It launch'd forth filament, filament, filament, out of itself,
Ever unreeling them, ever tirelessly speeding them.
And you O my soul where you stand,
Surrounded, detached, in measureless oceans of space,
Ceaselessly musing, venturing, throwing, seeking the spheres to connect
them,
Till the bridge you will need be form'd, till the ductile anchor hold,
Till the gossamer thread you fling catch somewhere, O my soul.
Una
araña paciente y silenciosa
Observé una araña silenciosa, paciente,
sobre una pequeña elevación, solitaria,
arrojando al vacío alrededor
hilos e hilos,
hilos de sí misma.
Tú, mi alma, allí donde estás
aislada, rodeada
de grandes extensiones de vacío,
cavilando, lanzándote, escudriñando
sin pausa las esferas
para unirlas,
hasta que se establezca el puente que necesitas,
hasta que tu garfio fuertemente quede asido,
hasta que la telaraña que tejes
se afirme en alguna parte, mi alma.
Walt Whitman: el profeta de otra democracia, por Luis
Benítez
Todos tenemos impresas imágenes de poetas en nuestros cerebros. Son las
que quedaron definitivamente instaladas como las representaciones más
cabales de ellos, aquellas con las que los identificamos inmediatamente,
las que aparecen al instante en nuestras mentes cuando leemos sus
nombres o alguien los menciona. Así, Charles Baudelaire será siempre un
hombre serio que mira de frente, eternamente abrigado por un raído
gabán, el rictus permanente de un desdén francés; Edgar Allan Poe, un
hombrecito de frente anchísima, bajo la que se abren dos ojos negros y
enormes, el bigote fino cubriendo como una sombra los labios delgados y
apretados. Walt Whitman se parecerá, en cambio, a una especie de Santa
Claus vestido de cowboy o de leñador, iluminado el rostro por una
compasiva sonrisa, el cabello largo y blanco acariciándole los hombros,
la barba espesa cubriéndole el pecho, en una toma fotográfica realizada
en sus años postreros, cuando ya estaba paralítico. Ningún otro poeta
norteamericano influyó más en las generaciones posteriores, de su país y
del extranjero, y casi ningún otro fue tan negado y hasta vituperado en
vida como Whitman. Veamos por qué.
Aquel que modificaría para siempre la manera de escribir poesía en
los Estados Unidos y luego en el resto del mundo, nació el 31 de mayo de
1819 en Huntington, cerca de Nueva York.
Su padre fue un modesto carpintero, que apenas podía abastecer las
necesidades de sus diez hijos.
El medio en el que nació y vivió Walt durante su primera infancia
fue francamente rural: la todavía bastante salvaje Long Island de
comienzos del siglo XIX, cubierta de bosques y atravesada por malos
caminos, ofrecía sin embargo muy poco trabajo para los requerimientos de
una familia numerosa.
Cuando el trabajo escaseó aun más, el animoso carpintero y los
suyos se trasladaron a la ciudad, buscando nuevos horizontes en
Brooklyn. De Brooklyn –unas décadas después de la llegada de los
Whitmans- saldría también otro norteamericano destinado a ser muy
famoso, aunque por razones bien distintas: el mundo lo conocería como
Billy The Kid.
En 1823, ese suburbio de Manhattan estaba habitado por inmigrantes
alemanes, suecos, y sobre todo irlandeses, que venían a buscar en
América lo que Europa no podía darles. También formaban parte de la
población inmigrantes del interior del país, a los que América tampoco
les había dado nada. Eran tiempos duros para todos: a los 10 años de
edad Walt, como sus hermanos mayores ya lo habían hecho, tuvo que dejar
la muy elemental escuela publica para conseguir un trabajo. Lo obtuvo
como aprendiz de imprentero, pero ni sus doce horas de trabajo diario de
lunes a sábado ni el esfuerzo del resto de la familia alcanzaban para
evitar que las deudas acosaran a los Whitmans. La imprenta fue el
primero de los tantos trabajos que tendría el joven Walt; sucesivamente
fue un empleadito de oficina, como el inmortal Bartleby de su
compatriota Herman Melville; repartidor de periódicos, aprendiz de
tipógrafo en una nueva imprenta; leñador, pescador y granjero, otra vez
en Long Island, adonde la familia tuvo que volver tras su poca fortuna
en Brooklyn… Finalmente, Walt decidió que trabajar como maestro era más
conveniente para él que cortar leña o plantar papas, como sus hermanos
lo hacían. En 1830, cuando comenzaba la fiebre del oro en la lejana
California, un joven y esperanzado Whitman recorría pueblos y aldeas
montando escuelas improvisadas al aire libre, cobrando magros salarios
–cuando lograba cobrarlos- pero atento a que la lectura se iba volviendo
una necesidad de su espíritu tan imperiosa como la de su estómago.
En este deambular de pueblo en pueblo, el joven maestro se
preocupaba más por leer todo lo que se ponía a su alcance que por
preparar sus clases. Paulatinamente, mientras su entusiasmo por las
letras iba creciendo hasta convertirse poco a poco en el centro mismo de
su vida, de igual manera iba disminuyendo su interés por la enseñanza,
visto y considerando el magro resultado económico que había obtenido.
Con un corto apoyo económico que pronto desapareció, el emprendedor Walt
decidió en 1838 fundar un periódico, convencido de que las suscripciones
al mismo le permitirían llevar una vida más desahogada. Así surgió el
Long Islander, en la misma Huntington que lo viera nacer: una simple
hoja impresa de ambos lados, que contenía notas del periodista Walt
Whitman, corregidas por el editor Walt Whitman y voceadas por Walt
Whitman, pero ningún aviso publicitario o auspicio comercial de ningún
tipo. Whitman volvía a fracasar.
De nuevo en Nueva York
Convencido de que Huntington no era la clase de lugar adecuado para
ejercer sus talentos, nuevamente Walt cruzó el Río del Este y se dirigió
a Brooklyn, donde ejerció el periodismo con alguna mayor fortuna:
inclusive, con el apoyo del partido demócrata, llegó a ser editor del
semanario Brooklyn Eagle. Sólo que su apoyo posterior a otra facción
política se llevaría su empleo dos años después, obligándolo a emigrar
nuevamente, esta vez a New Orleans: de esta época nómade datan sus
primeros poemas publicados, que seguían bajo la órbita de la escuela más
tradicional. Los Estados Unidos de aquel entonces eran culturalmente
provincianos y muy poco seguros de sí mismos; el estilo en poesía seguía
puntillosamente la escuela inglesa y campeaba por sus fueros el
romanticismo “a la norteamericana” de Edgar Allan Poe, a quien Whitman
particularmente detestaba.
Whitman presentía que existía una correspondencia misteriosa entre
el despertar de su gran país y la necesidad de expresar en poesía una
nueva manera de tratar las tópicas del género. Correspondiente a un
impulso democrático y una vitalidad que estaban destinadas a modificar
el mismo perfil de todo occidente un siglo después, la poesía
norteamericana debía liberarse de las ataduras heredadas, las pesadas
métricas, los medidos pasos de una tradición que se imponía en la época
de Whitman como el único modelo a seguir. Adelantado a su tiempo y a las
posibilidades que tenía su tiempo de comprenderlo, Walt Whitman volvió
otra vez a Nueva York, dispuesto no sólo a vivir de su escritura, sino
también a transformarla definitivamente.
En 1941 Edgar Allan Poe llevaba un año de muerto aunque sus
seguidores vivían y escribían muy activamente. La poesía de Whitman fue
bastante mal juzgada por los émulos del creador del género policial (que
murió sin saber nada de su paternidad). Aunque Walt escribía muy
esforzadamente, convencido de que había encontrado una veta nueva y
original para expresar poéticamente el nuevo mundo, y con no menos
insistencia enviaba sus obras a periódicos y revistas literarias, la
repulsa por sus trabajos era generalizada. No le perdonaban el verso
blanco, pero sobre todo, la ruptura violenta con los cánones más
sagrados (y mineralizados) que regían la estética de entonces.
Sucesivamente, Whitman fue catalogado como “ramplón”, “desmañado
prosista metido a poeta”, “improvisado charlatán”, “granjero torpe ajeno
al género” y otras lindezas por el estilo. Desde luego, esto amargó
mucho al poeta, pero no fue suficiente para que abandonara el camino que
se había trazado. Antes bien, lo que hizo Whitman en ese trance fue
concentrar sus poderes poéticos en lo que había descubierto, ahondar
todavía más en un vitalismo que roza casi el panteísmo, proclamar un
liberalismo y un sentido democrático de la vida para los cuales –al
menos en poesía- los Estados Unidos no estaban preparados. El hecho de
que, políticamente, Whitman fuera coherente con sus ideas poéticas,
tampoco ayudaba a granjearle muchas simpatías entre editores y
periodistas. Pensemos que, por aquel entonces, toda la economía del sur
del país se sostenía en base a la mano de obra esclava y que en el
norte, tempranamente industrialista, la infamia de la esclavitud era mal
vista pero no repudiada frontalmente… Whitman había nacido con mucha
anticipación, se había adelantado muchas décadas a su época y ello
siempre se paga caro.
En 1855, cuando publicó su primer libro de poesía –titulado “Hojas
de hierba”- era apenas un poco más que un desocupado y tuvo que pagar la
modesta edición de su bolsillo: ningún editor había aceptado aquel
volumen, el más importante libro de poesía publicado en los Estados
Unidos durante el siglo XIX y uno de los más relevantes de la literatura
occidental.
“América ha encontrado por fin a su poeta”
La aparición de “Hojas de hierba” fue todo un escándalo: demasiada
celebración del cuerpo y los sentidos, exceso de vitalidad y sensualidad
desatada, y hasta un cierto tufillo de homosexualidad que hizo que
diversos libreros rechazaran exhibir o siquiera ofrecer esa edición a su
delicada clientela. Otros prefirieron directamente ignorar la aparición
del libro fundacional de la poesía moderna en el Nuevo Mundo.
Sólo un reducido grupo de intelectuales comprendería, en aquel
comienzo, que algo distinto y original había surgido de entre tantas
rimas archimanidas, de entre tantas fórmulas ya inefectivas. El más
importante de estos visionarios fue Ralph Waldo Emerson, primera figura
de las letras estadounidenses, quien se apresuró a escribirle a Whitman
una elogiosa carta. En ella, le vaticinaba una extraordinaria carrera
literaria y le expresaba el deseo de conocerlo.
Sin embargo, el apoyo de Emerson no alcanzó para colocar a Whitman
en el sitio que genuinamente le correspondía; ni siquiera logró impulsar
las ventas del libro, ignorado en el rincón más oscuro de las librerías.
Sin reparar en estos inconvenientes más de lo necesario, Whitman no
sólo publicó al año siguiente una segunda edición de “Hojas de hierba”,
sino que además siguió trabajando en un nuevo libro, “Cálamo”. Emerson
leyó los originales de “Cálamo” antes de que se entregaran a la imprenta
y se ruborizó, recomendando a su amigo que no los editara: se trata de
una colección de poemas que cantan abiertamente el gozo del amor entre
hombres, para la pacatería de aquel momento, y unas de las más
interesantes piezas salidas de la prolífica pluma whitmaniana, para lo
contemporáneo.
En 1881, cuando el poeta había pasado ya las seis décadas de vida y
un fulminante ataque cardíaco lo había dejado paralizado del lado
izquierdo, se publicó la séptima edición de “Hojas de hierba”, siempre
aumentado el texto original por nuevos poemas. Whitman vivía –o mejor
dicho, malvivía- en las afueras de Filadelfia, en la casa de uno de sus
hermanos. Hasta allí lo persiguió la saña del fiscal del distrito, que
lo acusó de obscenidad y procuró que el libro fuera secuestrado de las
librerías. Para entonces nuestro autor ya gozaba de cierta fama en
Inglaterra y, aunque apenas podía moverse por medios propios, continuó
Whitman publicando las sucesivas ediciones de sus “Hojas de hierba”
hasta el fin de sus días.
El 26 de marzo de 1892, a los 73 años de edad, en Camden, Nueva
Jersey, murió a consecuencia de la tuberculosis, en la más extrema
pobreza y sin ser plenamente reconocido como el padre de la nueva poesía
norteamericana.
Sin Walt Whitman no habrían existido, muy probablemente, William
Carlos Williams, Wallace Stevens, los poetas de la generación beat
estadounidense, desde Allen Ginsberg hasta Gregory Corso, ni el mejor
Neruda, entre muchos otros… Nosotros mismos, los poetas latinoamericanos
de fines del siglo XX, no seríamos los que somos, ni nuestros
continuadores, las nuevas promociones que comienzan a publicar sus
libros en esta todavía flamante vigésima primera centuria.
Tan fundamental es Whitman que ya es una parte nuestra, ineludible:
sin sus “Hojas de hierba” la poesía occidental sería diferente y no me
animo a imaginar en qué forma.
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